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La puerta de Oriente: Sofía

noviembre 11, 2017

Como ocurre con muchas ciudades de la Europa oriental, la poco prometedora llegada a Sofía hace difícil imaginar que la capital de Bulgaria pueda llegar a ser una seria competidora de Praga y Budapest como un nuevo e importante destino turístico en el este europeo.

El primer tramo del trayecto entre el aeropuerto y el centro de la ciudad ofrece una visión de interminables barrios de aspecto soviético, recuerdo de los años duros del comunismo, e incluso algunas fábricas en lontananza; pero el paisaje urbano cambia rápidamente cuando se avanza hacia el corazón de Sofía: parques, terrazas, bellas avenidas, edificios imponentes, iglesias, mezquitas turcas, una sinagoga sefardí modernista de principios del siglo XX… Y todo ello a precios más que razonables, porque Bulgaria pertenece a esa Europa en la que todavía es posible tomarse una copa en una maravillosa terraza por el equivalente a un euro y medio, o cenar dos platos y postre en un estupendo restaurante, con vino de la tierra (un tinto espeso y con cuerpo muy decente), por 10 euros.

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Siempre dominado por la imponente figura del monte Vitosha, el centro de Sofía es relativamente pequeño y puede ser recorrido a pie sin problemas. El oeste de la ciudad está delimitado por el elegante bulevar de Vitosha, y su continuación, el mucho menos elegante bulevar de María Luisa, que desemboca, al norte, en el abigarrado mercado central de la ciudad, uno de los muchos lugares donde queda muy claro que la frontera con Turquía no está muy lejos.

Hay dos cosas desconcertantes en Sofía: el alfabeto cirílico, cuyos inventores fueron dos monjes búlgaros, al que cuesta acostumbrarse para buscar direcciones, y que para negar y afirmar con la cabeza se hace exactamente lo contrario que en España, lo que puede provocar momentos surrealistas en los mercadillos.

De oeste a este, la calle de Tsar Osvoboditel recorre el corazón de Sofía y la mayoría de sus monumentos, desde el Palacio Presidencial hasta el Museo Arqueológico, pasando por la Iglesia Rusa o la catedral de Alexander Nevski. En la puerta de esta imponente iglesia ortodoxa de mediados del siglo XIX se instala un mercadillo en el que se venden desde iconos hasta letreros lacados en cirílico o las inevitables figuras de los líderes del comunismo. Más allá de la universidad, donde termina el cogollo de Sofía, se extiende el barrio diplomático, un lugar perfecto para pasar una tarde caminando entre elegantes mansiones de principios del siglo XX. Un poco por todas partes, en la ciudad hay puestos que venden libros: como señalaba recientemente un artículo de The Washington Post sobre Bulgaria, un lugar donde se vende tanta letra impresa en la calle produce una inmediata buena impresión.

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El monumento más conocido de Sofía está situado a unos 12 kilómetros del centro: se trata de la Iglesia Boyana, una joya del arte ortodoxo del siglo XIII, patrimonio de la humanidad de la Unesco. Ubicada en un pequeño parque, Boyana es una ermita minúscula y sólo se puede estar unos 10 minutos en su interior para contemplar los delicados frescos bizantinos. El arte que nació allí, en la edad de oro de Bulgaria, se multiplicó luego por todos los Balcanes: las iglesias medievales serbias de Kosovo -una de ellas, también patrimonio de la humanidad- tienen su origen en esta ermita. Pero no todo el arte religioso que concentra Sofía es ortodoxo, el credo que practica la gran mayoría de sus habitantes. La ciudad ofrece en sus calles una demostración palpable de la tradición de tolerancia que ha marcado la vida de Bulgaria en los últimos siglos, una tradición que consiguió mantener a este país al margen de las guerras étnicas que arrasaron los Balcanes en la década de los noventa.

Frente a frente, sólo separadas por el céntrico bulevar de María Luisa, se encuentran la mezquita turca de Banya Bashi y la sinagoga sefardí donde es posible vivir una bella experiencia lingüística: mantener una charla en ladino con los representantes de la comunidad hebrea. Judío búlgaro, de lengua materna sefardí, era el escritor y premio Nobel de Literatura Elías Canetti. Su fotografía está en el pequeño museo de la sinagoga -aunque sus libros no sean demasiado conocidos en el país en el que nació, porque fue un escritor en lengua alemana, ya que abandonó Bulgaria a los seis años-, como también la historia de cómo los judíos búlgaros fueron salvados por sus compatriotas durante la II Guerra Mundial, que se negaron a entregar a su población a los nazis. Libros, tradición de tolerancia, hospitalidad, parques, calles agradables por las que pasear y el rumor del exotismo, de la proximidad de Oriente, como presencia constante… Sofía es una ciudad que merece la pena descubrir.

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