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La ciudad de Afrodita: Chipre

febrero 10, 2016

La tercera isla del Mediterráneo y el país de Europa con más bares por habitante es el lugar donde nació la diosa del amor y Lázaro huyó tras resucitar. Destino con 300 días de sol al año, por aquí han pasado mil invasores. Y se nota en su arquitectura, su cocina y sus gentes.

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Si no es muy fan de la mitología clásica, los paisajes con enjundia o los personajes marcados en rojo en la Historia, quizá no le conviene seguir leyendo porque esos son los puntos calientes de Chipre. Empezando porque aquí nació Afrodita, la superdiosa griega del amor, la belleza, el deseo, la lujuria y demás parafernalia sexual. Y hasta Marco Antonio le regaló la isla entera a su esposísima Cleopatra. En ella también acabó sus días Lázaro como arzobispo después de que lo resucitara Jesús.

Clásica taberna en la ciudad de Lárnaca. Por si acaso, calma, que hay mucho más. La tercera isla más grande del Mediterráneo (con 9.250 km2, sólo por detrás de Sicilia y Cerdeña) también es el país de la Unión Europea con más bares por habitante. Sí, señor lector, por increíble que parezca, desbanca a España, que ocupa la segunda posición. Si nosotros tenemos uno por cada 169, Chipre uno por cada 124. Cifras de Eurostat, la Oficina de Estadística de la UE.

Un cruce de caminos. Pero que nadie se lleva a engaño: aquí no se vive del manido lema de «sol y playa». Es más, en el interior hasta es posible esquiar en invierno. Cosas de contrastes. Que si preciosas aldeas con casi más muflones que personas. Que si una zona costera (Agia Napa) a la que llaman la Ibiza chipriota por su marcha. Que si campos de orquídeas elegidas por la firma Chanel para dar vida a sus míticos perfumes. Que si una península agreste y misteriosa (Akamas) para recorrer en 4×4… Todo cabe. Y es que la localización de Chipre, a medio camino entre Europa, Asia y África (o a tiro de piedra de Turquía, Grecia, Egipto y Siria), la ha convertido siempre en objeto goloso de conquistadores.

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Hay que añadir que la isla estuvo hasta arriba de cobre en tiempo de guerras. Nota: el nombre del metal viene del término «Chipre». No viceversa. El caso es que por aquí han pasado casi todos: fenicios, asirios, romanos, griegos, egipcios, sarracenos, persas… Bizantinos, otomanos, franceses, venecianos… Y los ingleses, que gobernaron desde 1878 hasta 1960. Cada pueblo dejó su huella, ya fuese en forma de mitos, idiomas, platos culinarios, anfiteatros como el de Kourion o iglesias bizantinas Patrimonio de la Unesco (en las montañas de Troodos). Pero la impronta de los griegos y los turcos es la más palpable.

Hasta el punto de que son las dos principales poblaciones: grecochipriotas (78%) y turcochipriotas (18%). De hecho, se llegó a un acuerdo para que la nueva e independiente República de Chipre, instaurada en 1960, estuviera presidida por el arzobispo Makarios (de origen grecochipriota), con un vicepresidente turcochipriota. Pero los roces fueron el pan de cada día. Y Grecia lo aprovechó para intentar anexionar la isla a través de un fallido golpe de Estado. La respuesta turca: ocupar el norte (el 37% del país), con el consiguiente drama de refugiados en ambas partes.

Nicosia desde arriba. Y así sigue la isla, separada por la llamada «línea verde», que estaba prohibido atravesar hasta 2004. Hoy, pese a que sólo Turquía reconoce la República Turca del Norte de Chipre, hay varios puntos de acceso controlado, el más importante en Nicosia, la única capital del planeta dividida. De ella quedamos con el Museo arqueológico de Chipre. También hay que subir a la última planta del edificio Shakolas, en la peatonal calle de Ledra, para hacerse una idea de la amalgama de historias de la urbe: una muralla veneciana, un palacio presidencial bizantino, sinagogas, mezquitas… Desde allí también se ve la bandera turca estampada en el lado norte de la montaña que rodea la capital.

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