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La belleza de las playas de Asturias

julio 14, 2017

No son muchas las playas del Principado que han conseguido permanecer ajenas al hormigueo del turismo. Pero lo cierto es que la línea occidental asturiana oculta arenales que el azote del océano y los siglos han convertido en una obra maestra de la arquitectura natural. Las descubrimos en invierno, cuando su silencio es todavía más atronador. Y más necesario.

Como furtivas garras de roca que tratan de atrapar el Cantábrico, el Paisaje Protegido de la Costa Occidental es una sucesión, en poco más de treinta kilómetros, de acantilados labrados por esa guerra pacífica que, desde siempre, sostienen el océano y la costa. Inquietantes cuevas, cantos y formaciones que se disparan al cielo quebrando el oleaje marcan el aspecto tormentoso de esta franja costera que recorremos para descubrir algunos de los enigmas que ocultan las mareas.

Ubicada entre Cudillero y Valdés, trinchera abrazada por los prados, muy dada a albergar playas de concha, en ocasiones de difícil acceso y de escasa presencia humana, contiene, por encima de otras cualidades, una belleza monumental tallada por los herreros del tiempo y el clima del Norte.

Este es un recorrido por cuatro playas que en invierno son el epítome de la soledad y de nuestra pequeñez ante la percusión de las grandes fuerzas naturales. Un estruendoso paseo por algunos de los escenarios que abanderan el legado indiano en Asturias, sus villas y tradiciones marineras.

Un silencio ensordecedor. No por conocida, la playa del Silencio ha dejado sus encantos derivar hacia la decadencia del impacto humano. Sin servicios y con un acceso a pie de más de 500 metros, se protege así una playa que ha dejado de querer conocer qué hay más allá del horizonte. De carácter virgen, esta concha de piedras, muy apreciada por los naturistas en verano, se muestra indómita en la estación fría, acogiendo las mansas ambiciones de cabreros y pescadores, que encuentran allí un prístino rincón para refugiarse en el estrepitoso mutismo del mar. La playa del Silencio ostenta el privilegio de ser uno de los paisajes más espectaculares de Asturias.

Silencio

Para nuestro recorrido es una opción sensata escoger como centro de operaciones el popular pueblo de Cudillero, donde además de degustar la fresca cocina que ofrecen los productos del mar, podemos dar rienda suelta a nuestros instintos menos naturales con una galopada por las calles plagadas de bazares de recuerdos y con una meditada parada en la pequeña tienda de cerámica negra, donde se ofrecen piezas de terracota, artesanales y de diseño propio.

El mutismo de las olas. No son muchas las playas que en Asturias permanecen prácticamente ajenas al hormigueo del turismo. Por su desconocimiento o su acceso embarazoso, uno de estos tenaces espacios lo ofrece la playa de Campiecho. Cuatrocientos metros de chocante calma que culmina en uno de los spots más fotogénicos que encontraremos en el camino: una cueva esculpida por el oleaje y su bailoteo durante las eras. Para descubrir sus intimidades es necesario conocer los detalles de la bajamar, ya que sólo es posible su acceso cuando las aguas se baten en retirada. Detalle muy a tener en cuenta para calcular la hora de nuestra llegada y regreso.

Con amabilidad y humildad. Si todavía notamos cierta pesadez en las extremidades, podemos calentarlas con un paseo por la playa de Portizuelo, la más amable de todas por su accesibilidad, con un pintoresco paisaje que domina una formación de roca que recuerda el casco de Sauron, ese divino villano de la fantasía de Tolkien. Lo reconocerán al verlo.

Portizuelo

No es un detalle que dejemos la playa de Gueirúa para el final. Una senda y unas escaleras dan paso a esta cala de pequeños cantos cuya línea de mar alberga una cadena de colmillos de roca que arañan en el firmamento vestido de tempestad.

gueirua

Golpeados sin benevolencia por el oleaje, estos dientes que emergen del fondo marino, evocan de forma incomparable la tendencia de la naturaleza por darnos lecciones de humildad. Terreno virgen, sin infraestructuras, donde culminar nuestro idilio con la cara más indómita de un entorno esperando a ser descubierto. O no.

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