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Bahamas, territorio pirata

noviembre 30, 2017
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No es una exageración. Las Bahamas, ese fotogénico archipiélago de 700 islas y 2.000 cayos perdido en medio del Caribe, llegó a convertirse, de forma oficial, en una república independiente en toda regla, la de los piratas. Tal cual. Era la época de la conquista del Nuevo Mundo, en la que los españoles volvían a casa en sus galeones después de hacer las Américas cargados de oro. Y ahí estaban los bucaneros a sueldo de la Corona británica para interceptar el envío a tierras ibéricas.

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Una bahamesa sonríe al objetivo. Si lo hacían con éxito, el destino para jubilarse con tremendo botín eran las todavía paradisíacas Bahamas, hasta arriba (entonces y ahora) de playas de arena ultrafina blanca (o rosa, como la de Pink Sand Beach, en Harbour Island), aguas que figuran entre las más transparentes del mundo (aviso a buceadores: la visibilidad llega a 61 metros), manglares XXL, cuevas submarinas (cenotes en México y aquí, blue holes), marisco a destajo (ojo a las caracolas), arrecifes de coral (cuenta con el tercero más grande del planeta tras el australiano y el maya), cerdos nadadores (sí; y siguen estando en Pig Island) y… ron. Mucho ron.

Punto uno del decálogo de imprescindibles de todo buen pirata. De Barbanegra a Francis Drake o el capitán Roberts, el primer gobernador inglés. Lo de saquear 500 barcos en honor a su Graciosa Majestad tuvo algo ver en el nombramiento… Nota: los británicos dirigieron las islas de 1656 a 1973. Hasta Eduardo VIII gobernó unos años, ya como duque de Windsor, tras abdicar para casarse con la divorciada Wallis Simpson. Antes, las Bahamas tuvieron bandera española. De hecho, fue el primer suelo que pisó Colón el 12 de octubre de 1492.

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También fue cosa del almirante poner nombre al lugar, Baja Mar, por la situación de las aguas. Pero a los británicos que vinieron después la «j» se les atragantaba, así que la cosa derivó en Bahamas. Sea como sea, los ecos bucaneros aún se dejan ver en ciudades como Nassau, capital de la isla de Nueva Providencia y del archipiélago entero (en ella viven 250.000 de los 350.000 habitantes totales), empezando por el nombre de las calles sembradas de edificios de estética colonial victoriana.

Barbanegra, Jack Sparrow y Piratas del Caribe siguen asomando en las tiendas de diamantes, relojes y perfumes libres de impuestos de la avenida principal, Bay Street, o en los cócteles que circulan alegremente en la hora feliz por los bares de Woodes Roger Walk, el paseo que da al puerto de los mastodónticos barcos de cruceros. Por algo Johnny Depp, protagonista de la saga cinematográfica (parte se rodó aquí, igual que Casino Royale, de James Bond, Cocoon o El silencio de los corderos), tiene casa propia (o mejor, mansión) por aquí.

Igual (y si no, la alquilan) que Beyoncé, John Travolta, Sean Connery, Shakira o Lenny Kravitz. Éste recaló en el Caribe por trabajo, ya que estudios de grabación como los Compass Point se cuentan entre los mejores del planeta. Por ejemplo, los Rolling Stones, Bob Marley, Eric Clapton, David Bowie o, tirando hacia lo patrio, Julio Iglesias han trabajado en ellos. Hasta los Beatles filmaron su película Help! en las islas en 1965.

Hay que añadir que Miami está a sólo 45 minutos de avión. Por eso, no extraña que todo esté hecho a imagen y semejanza de los estadounidenses, el público más fiel. Empezando por el tamaño de los platos: bestial. Ya puestos, hay que probar sí o sí la langosta roja, el cangrejo a la plancha y la sopa de conchas. También están muy ricas fritas. En Nassau, hay dos sitios clave: Potter’s Cay, una hilera de coloridos locales de chapa debajo del puente que comunica con Paradise Island, o el Fish Fry de Arawak Cay, en West Bay Street. O lo que es lo mismo, el lugar donde dar con la versión bahamense de nuestro pescaíto frito. Hay que acompañarlo con la cerveza autóctona Kalik.

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